Cuento :Por si me cierras, Helena…

Las manos me huelen a cigarrillo. Las huelo como debe olerse lo importante, pegándolas mucho a mi nariz, aspirando profundo, guardando olor, saboreándolo. Me meto al baño, las lavo meticulosamente siguiendo las indicaciones puestas en la lámina sobre el lavamanos: mojarlas, jabón; froto dorso contra palma, los dedos, debajo de las uñas, enjuago; repito, todas las veces que lo aguado del jabón lo exige. Las huelo mojadas, ya no estoy seguro de si hay cigarrillo o solo es mi nariz que ya no siente olor. Poco a poco, la sensibilidad al olor de tabaco quemado, ha desaparecido. Helena no fuma. Helena siempre me dice que huelo mal, me da la espalda y se va. Me esfuerzo, pero siempre la decepciono. Y la quiero.

Camino tres calles, el dolor de las manos aumenta con el frío. Los bolsillos son insuficientes y aún se siente la humedad, que atraviesa el pantalón. Debí secarlas en ese vaho tibio de la máquina que se activa porque nos presiente. Presentir es anticipar la existencia. Presentir es dolerse antes. Presiento a Helena.

Froto mis manos para calentarlas, las vuelvo a oler, nada.

Un chicle.

Quiero fumar, le doy vueltas a la cajetilla dentro del bolsillo. Es nueva, recién comprada. El encendedor se enreda ansioso. Rasgo el plástico luego de sacar la caja. Saco un cigarrillo, no hay taxis ni buses. La gente camina, a nadie parece importarle las avenidas tan quietas a esta hora de tanto movimiento. Muerdo el filtro, aspiro el cigarrillo apagado. Helena. El encendedor. Helena. El fuego que no toca el tabaco. Helena que no toca el fuego.

Otro chicle.

¿Y los buses?

Quizá si lo sostengo entre los dedos y me finjo fumador, me actúo, alcance a soportar. Como las salamandras hembras que simulan el coito con otras hembras para autoprocrearse. Huelo otra vez mis manos y al fondo, como agazapado entre el jabón, persiste el tabaco.

¡Maldita sea, Helena!

—Disculpa, ¿me podrías regalar algo de crema de manos?

La mujer se sobresalta, se relaja rápido y asiente.

—¡Qué raro!

Como no quiero ni sé qué explicar, entonces no digo nada. La crema está fría y huele a rosas. La esparzo recordando la lámina puesta sobre el lavamanos. Sigo todos los pasos, menos el del enjuague.

—Gracias.

La avenida sigue vacía y la gente amaina como un aguacero de sombras barridas por el sol [cursi], me voy quedando solo. Son las siete, todo es como si fueran las doce [el reloj se mueve]. Yo estoy quieto y aprieto el cigarrillo babeado entre los labios. Helena siempre me dice que de no ser por ese olor, sería el hombre perfecto. Cada calada que doy se ha hecho casi una amputación. Hoy solo he fumado veinte, esta es mi segunda caja. Solo se siente, en mi bolsillo, el espacio que dejó el cigarrillo que no me atrevo a encender.

Helena, ¿ves?

Helena, yo te quiero.

No, no he fumado, Helena, no. ¿Hueles? Sí, sí, yo puedo. Y me abraza y otra vez es el frío y la avenida vacía, la gente que sigue desapareciendo y ya son las siete y media.

Lanzó el cigarrillo intacto. Un indigente lo recoge [¡ladrón, ladrón!] y me pide fuego. Le enciendo el cigarrillo y entro en histeria femenina y grito: «¡Ladrón, ladrón!» y muevo las manos desordenadamente y doy saltitos, pero nadie me escucha.

El indigente se aleja divertido, mueve la cabeza, negando, como si yo fuera un loco. Fuma con placer y el humo se confunde con el vaho que los postes de luz iluminan gris.

Helena, ¿ves?

¿Hueles todo lo que hago por ti? [Aspiro, profundo].

La imagino mirando el reloj de números rojos sobre la mesa de noche, pensando en mí. Ayer no pude ir [no lo conseguí], no pude, justo antes de tocar a su puerta, me prendí el cigarrillo y me di la vuelta. Luego la llamé, pero no contestó; luego me llamó, hoy, y me dijo que no sabía que iba a pasar a verla y se durmió temprano, que no me esperaba. Yo no estaba seguro de nada, entonces dije que iba hoy, pero ella ya había cortado [¿me esperará?]. Hoy no me espera, quiero verla. Ahora huelo a rosas y a mujer. Ella prefiere que me “coma” a mil mujeres pero que no me fume un solo cigarrillo, que cuando haga su revisión olfativa, no haya rastro de cigarrillo.

Creo. [Estoy seguro].

Quizás no.

Pero creo. [Con seguridad, fumo].

Somos tan aparatosos: yo escondiéndome, ella buscándome. Se empina frente a mí, me huele la boca al retirarse luego del beso. Me huele el cuello. Los puños de la camisa. El pecho. Los dedos índice y corazón de la mano izquierda, donde está la mancha amarilla para la que no vale cepillo ni lija, porque siempre está, inmortal. Se da la vuelta, cierra la puerta y yo me quedo ahí, no sé cuánto tiempo, fumándome otro cigarrillo.

¡Maldición!

Enciendo otro; quiero, pero no toco otra vez a su puerta. La llamo, ella me habla como si no acabara de cerrarme la puerta en la cara, como si no pasara nada. ¿Cuándo vienes?, me dice. Aquí estoy, le digo. ¿Dónde? Afuera. Sale, abre la puerta, mira sin verme y dice: Tan bobo, no estás. Y como no estoy seguro, digo que iré al día siguiente. Así es ella, si huelo a cigarrillo me hago invisible, es su juego, y yo lo juego para que sepa que me importa y me arrepiento de decepcionarla. [Que se joda].

Las ocho y no hay buses ni taxis ni gente ni nada. Frío y noche, otro chicle.

Marco su número. El tono de la llamada cesa y es ahora el tono de ocupado. Llamo.

—¡Hola!, ¿cuándo vienes?

—Estoy aquí.

—¿Dónde?

—Afuera.

Uno segundos.

—Tan bobo. Apúrate. Te extraño.

Corta.

Un taxi se detiene. Una mujer baja. Me subo. A Cantarrana, digo. El taxista acelera sin decir nada.

—Puede fumar, si quiere.

No entiendo. Luego sí, tengo otro cigarrillo entre los dedos.

—No, no se preocupe, es por la ansiedad.

Hago gesto de ¡já!, qué tonto usted creyendo que quiero fumar.

—Si no le importa…

Hace gesto de es mi carro y yo sí me voy a fumar un cigarrillo.

Enciende uno y el olor no se sale por la ventana abierta, sino que me persigue y se me pega y le rompe el corazón a Helena.

—Tranquilo, siga, por mí no se preocupe.

Helena, fue el taxista, yo no fumé ni medio hoy, ni una caladita. Te lo juro. Ella cierra la puerta.

Me descubro, no sé cómo, en medio de una calle oscura, parado en la acera, bajo la luz de un poste que hace aparecer una lluvia que no se siente, solo, con el dolor de las manos y el frío, gritándole a un taxi que se aleja

¡Me jodió!, grito. Pero ya está muy lejos y es seguro que no me oye, es seguro que no me oyó nada.

La calle vacía otra vez, son las nueve, son las diez, las once, y por más que me muevo no llego a ninguna parte.

El celular.

—Tomás, ¿dónde estás? Te he estado esperando.

No estoy seguro de nada [¿o sí?], así que le digo que aquí [estoy aquí, donde siempre].

Son las siete otra vez y mi caja nueva de cigarrillos ya se está acabando. Debo ir por más. Me doy la vuelta, no hay modo de agarrar un taxi, el tráfico es quietud y todos los buses que pasan van repletos y los taxis no paran. Mañana sí voy, hoy ya es tarde. Lanzo el filtro humeante del último cigarrillo de mi caja de veinte, la segunda del día.

Te amo, Helena, pero jódete.

—Un paquete de cigarrillos por favor.

Me doy la vuelta. Salgo. Me huelo las manos, profundo, profundo. Fumo y siguen siendo las siete.

 

 

-Alexandra Marcano Mota.

 

 

1952. Jackson Pollock,  “Convergence”

 

 

 

 

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