<> Solia sonar la campana.

Ding Dong, solían sonar las campanas. Pero ya no suenan más, no podrán indicarnos la hora, lo pondrán ritmo a nuestra aventura cotidiana. Las Campanas de nuestra iglesia fueron robadas, probablemente para ser fundidas y vendidas, a 40$ el kilo, 375 kilogramos de bronce, para una suma inocua de 15.000 dólares. Una suma inocua, porque el peso de su historia excede esa casi media tonelada, porque cada día, a la hora exacta, sonaba los veinticuatro anuncios en nuestras campanas.

Yo solía escucharlos, y pensaba, “que increíble, alguien en la torre de esa iglesia, a cada hora, hace sonar las campanas” nunca atrasada, nunca adelantado, a la hora precisa y exacta. Ahora no lo escuchare, y no será menos increíble, quizás pensare “que increíble, en plena madrugada un objeto con el peso de un auto pequeño fue sustraído sin que nadie se diera cuenta, y ahora nos dejó a tono con nuestro silencio”

La cosa se refiere con indignación, pero yo la refiero no solo con tristeza, sino también con curiosidad, curiosidad de quien puede cometer semejante crimen contra la iglesia principal de la ciudad más vieja del continente, de quien tiene un corazón tan frio como para privarnos de ese tañir simple y efectivo que oíamos cada día, a cada hora. Curiosidad también de saber cómo fue materialmente posible un hecho que parece digno de un problema para el detective de Sir Arthur Connan Dolye. Es el más indignante robo que nos ha sucedido desde el rapto de la odalisca de pantalón rojo.

Sin embargo, este es mucho más espectacular, porque la campana con todo el mérito que tiene podría ir fácilmente a un museo, pero va directamente a la fundidora. Todas las grietas, ocasionadas por todos los repiques de décadas y décadas de tañir la campana, hora a hora, serán fundidos en el mismo material; ya no hay esperanza de reconstrucción, y una sustitución no nos devolvería el eminente objeto que será para siempre destruido. No hay vuelta atrás.

Ding Dong sonaban las campanas, lanzando vibraciones que bailaban miles de veces sobre el metal, aullándonos al oído donde quedaba la parte más adentrada, el corazón de nuestra ciudad; esa iglesia, nos susurraba su ancestralidad, nos revelaba poco a poco que era más vieja, más sabia, más histórica que todas nuestras vidas consideradas por separado. Cada sonido de ese metal nos cantaba al oído los temas de nuestra historia.

Adoro el fervor de esa iglesia, renuente a dejar de hacer algo que viene haciendo durante quizás mil quinientos años, sonar esa campana cada día, a las seis, a las siete, a las ocho, a todas las horas; hacer que el cura o el monaguillo subiera por las escaleras de caracol, haciéndolo cometer cientos de pasos, con un reloj en la mano, y allí arriba desde la torre esperar y alar la cuerda, hacer tañir la enorme campana. Esto me parecía admirable, la misma acción repetida cientos de veces era parte de un ritual, y el ritual era más grande que nosotros mismos, miles, millones de campanas en todas las iglesias del mundo procedían de modo idéntico…

Creo, o me gustaría creer, que hay tantas iglesias en la tierra, que cada minuto está sonando una campana, que cada segundo alguien espera a lo largo de todos los meridianos que nos surcan frente de una campana, y cientos de miles de relojes van sonando tras de otro, haciendo que ningún segundo este vacío, sumando todas ellas un espacio breve pero más grande que el silencio; siendo una enorme declaración de la voluntad que le dio forma al mundo, haciendo cada minuto un lugar lleno de vibraciones y anuncios. Me gustaría creer y creo que es cierto, que esa campana no haría la diferencia porque otra campana en otra parte llenara su espacio; o quizás jamás llenara su espacio, y ese robo nos ha condenado a un breve silencio imperceptible en todo nosotros, un silencio que me atemoriza y me da miedo.

Yo creo que un cielo sin campanas es un paraíso incompleto.

-Luis Moya.

 

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