El banco\ un leviatán se escapa del sueño (Cuento, Marcel Zen)

 

 

Maximiliano había pasado su vida reuniendo para construir un local en el centro donde los compadres se pudieran echar un par de cervezas en tarros; una taberna con mesas de hechas de acabados de madera fina, suelo tablado que rechinara armoniosamente al pasar, un ciervo colgado vilmente en la pared y una chimenea que exhalara una pilar capaz de sostener el cielo. Pero Maximiliano no tenía aun el capital. Ah, pero si tenía una casa hermosa amplia y de dos pisos, con ventanas enmarcadas y mampostería del siglo pasado. La casa estaba ornamentada de diversos artefactos del Caribe y centro América, desde tablones arrancados de galeones hasta uno que otro ídolo amputado del vudú o una máscara azteca hecha de mosaicos verdes y ojos desorbitados. El padre era navegante. El mar se lo trago un día. Maximiliano heredo de él aparte de la sudorosa profesión, la casa con grandes ventanales y el sueño de anclarse a la tierra.

La pesadilla del padre que no regresa y la bestia bíblica que lo engulle reduciendo a astillas el navío cambio de protagonista, el hombre llegaba con el aliento pestilente a ron cada día y se tiraba en la cama sacando cuentas que no daban resultados hasta dormirse en una voluta agitada que lo mecía incesante como si el mar se corriera a su habitación, ahora él era ese hombre con los mismos gestos y las mismas maldiciones que procuraba al techo antes de dormir mientras el mar hacia que él lo pensara: la cancela solitaria, de madera, no impedía que el agua se le filtrara a los sesos. La pesadilla recurrente del padre; el leviatán marino, de forma indefinida, de ojos hondos y fauce catastrófica.

El día que llego la desdichada mujer morena, tocando la puerta que crujía como un lamento, anunciando al hijo indeseado, el marinero temió en la cara mulata apenas recordada y la pansa ventruda y prominente a las cuentas insuficientes y al no nato atando su par de vidas como el áncora  , al calvario. Ya estaba harto; de la salina, el aroma de cuando rompe al alba, el horario que demacra ojeras, la atarraya agujereada e ineficaz, y las ondas en la superficie del cardumen pirándose. Si el Mar no fuera una cosa tan horrible no le sobrevendría cada nocturnidad.

No solo el temor leviatanico no se había marchado, también la esperanza del tesoro que marca la cruz en la infancia. El hombre hace el nudo del suicida con el metro de soga ríspida, pero un anuncio en la televisión detiene el salto, la pieza de madera tiembla despavorida. (Además, el temía que también el infierno fuese una especie de mar, que Satanás para torturarlo particularizara cada castigo y el, por suicida, que tuviera que tripular un velero maléfico en un mar de candelas eternas, que una gran sombra urdiera entre las llamas).

El hombre se dirigió al banco, era de aspecto simétrico, inmenso y brutalista; la televisión había expendido su sortilegio. El banco sobresalía entre los edificios de la ciudad con sus industrializados pináculos, tenía una monstruosa arquitectura toda gris y  sin vidrios ni cristales, hecho de geometrías espesas de hormigón y cemento de fachada galvanizado y sin color, con imponencia, un inmenso cubo, como una caja sellada que aguarda una criatura indómita. Todavía tenía dos o tres alas inconclusas y un montón de obreros alimentaban su crecimiento, la vista del hombre se perdía cuesta arriba, hacia los lados, el banco poco a poco, mes a mes, consumía la ciudad y sus escuelas, sus iglesias, sus hospitales, todo era sorbido por su mercantilismo, por su hormigón, por su tétrico hermetismo. Dentro del banco, cabía una ciudad entera.

El hombre penetra por la fauce, ve el recinto despejado con el techo alto y opresivo, con una ancha y extraña distancia entre cada objeto y una infinidad de losas impresas en el suelo, dibujando patrones ajedrecísticos que se perdían con la vista; como un mar de losas, la sala y su amplitud devastadora. Una hilera múltiple de oficinas la mayoría vacías y de efecto impráctico, atiborradas de funcionarios inútiles, embobados, holgazaneando. El hombre camina; contundido, friolento, y le atienden con inesperada celeridad. La prestamista, clónica,  engalanada al uniforme azul marino ofrece asiento; él se postra, se conforta. Sus ojos anfibios, escamas traslucidas, no tardaron en detectar en las expresiones del marinero; sugestionable, inseguro, débil.

Maximiliano necesitaba tanto para el local en el centro, y la prestamista ofreció un poco más de la mitad de la exigencia con su incisivo panfleto, su voz meticulosa, sus pausas ensayadas. Sus ojos lijados detuvieron al hombre en la silla, la cómoda y confortable silla, que parecía consumirlo en su vastedad. Le dio vueltas a varios gráficos y diagramas, el hombre admiraba el escote abierto como una herida, distraído por la hipnótica maniobra y la voz aflautada que lo envolvía en su melodía.

El hombre salió de allí, con una sonrisa televisiva, la bolsa vacía, la casa hipotecada. Y mientras caminaba alborozado a su casa, el banco le comía los pasos.

Seis meses era el plazo del préstamo. Tenía todo lo que necesitaba, compro la materia, busco los toneles de cerveza y los situó al fondo de la pared, pidió el permiso de expedir bebidas alcohólicas, compro el local en remate,  rápidamente y sin medida el lugar trasformaba su espacio vejado cada día, cobrando forma y sentido. Martillaba cada clavo y encajaba cada tablón, cuando el presupuesto le empezó a menguar desmantelo su solitario barco pesquero para incrustar sus tablas caladas en el suelo, empasto como ornamento la variedad de sus anzuelos congojando de lado a lado, y la vela retajada como un centón tras la ventana como una vulgar cortina . Dejo allí el sudor y el corazón botado, trabajando el ardiente jornal, claveteando madera con madera, frisando pared contra pared, hasta ser el local una réplica de un barco que jamás volvería a zarpar.

A los 4 meses estuvo enteramente listo. Pero el dinero estaba todo invertido, el hombre había apostado la pesca del mes confiando en la danza de la lluvia, en lo imprevisible, lo azaroso. El hijo, ya recién nacido, ya no tendría que jugar su albedrio por las lejanas travesías del mar, Maximiliano era feliz, momentáneamente, al asegurarse de liberar al hijo lo que el padre le lego a él. Llegaba tan fatigado que no le quedaban fuerzas ni aun para las pesadillas, se alegraba al ver el día obstruirles los ojos en la mañana y la costumbre madrugadora lo tenía dando vueltas desde temprano, pernoctando con lividez, la maldita y odorante alba.

El día de la apertura sostenía ansiosamente al hijo como un amuleto indio, esperando las oleadas de personas, y cuando las personas no tardaron en llegar Una sonrisa le ensancho el rostro de satisfacciones. Al final de ese día, contabilizo la ganancia y le invadió una vana desilusión. Ah, pero el viento que lame la sal, uno no sabe que vela azota ni que barco encalla entre las peñas, el mar inconstante es una metáfora teologal del hombre y su azar, de la muerte inesperada, del debacle inadvertido, el mar es una ruleta rusa, un rompedor de cabezas, un azar rigente y absoluto; el mar es reflejo del cielo que cierne la tierra. Pasaron los dos meses restantes,  Maximiliano había logrado recaudar milagrosamente el dinero para cancelar la hipoteca, había colgado la red pesquera en la pared del bar como símbolo de victoria sobre lo arcano y atormentante, como el Kleos triunfante, como un símbolo pueril que luego se tornaría ambiguo.

En la serie de calles tenues entre el bar y el banco, Maximiliano se decidió a caminar por la ancha penumbra, por las esquinas filosas, con el dinero del préstamo cuidadosamente puesto en su barjuleta. El hombre se dio un momento a pensar que nunca más sufriría al hidrópico escorbuto ni la repetida comida en conservas, nunca más sentiría el sabor salobre entre sus labios, nunca más volvería a hacer el nudo de la horca ni tentar la silla en la sala, nunca más se arredraría al pensar que una criatura titánica escudriña el frágil navío donde el va embarcado, no temería al rayo y su borrasca, no sentiría al vaivén infernal aun cuando pisara la tierra firme, no se repetiría inconscientemente su encuentro proceloso cada noche, la figura triste del solitario que aguarda el picar incierto del pez.

Entre las sombras de una esquina salió un hombre de pies ligeros, y le arrebato los sueños de un áspero trancazo. En vano intento alcanzarlo, el ladrón era más ágil pues su pies estaban ya acostumbrados al suelo.

Maximiliano intento con el ruego, pero la demanda le contaba los centímetros de la cuerda eliminadora. Pidió más tiempo; y no. Explico que fue un error; y no. Dijo que no tenía una peseta encima: pero ellos ya sabían, reían, gozaban. Llego el juicio, pero nunca rutilo una luz. El juez ignoraba las palabras del abogado designado por el mismo estado, Maximiliano tartamudeaba al declarar, la parte contrademandante hacia su marometa ampulosa, su discurso panfletario y el abogado profería con bravura entre el español y el latín, aplausos, conmociones, y el juez cabeceaba en signo de aprobación; un acuerdo, un pacto anterior. El proceso estaba viciado, falló a favor de la contrademanda y al pobre Maximiliano le embargaron la casa, en banco ordeno  que desmantelaran la antigua casa como nueva propietaria, y solo quedo un pedazo de tierra que fue aplanado por concreto gris y desvaído, como el cadáver cubierto de cal.

Cayo bajo, vertiginosamente en el mismo remolino que lo despedazaba, las cuentas no arrojaban ni ínfima luz, y se hundía, el hijo lloraba del hambre, y se hundía, volvió a caer borracho en el suelo del bar, y se ahogaba de duras penas, dormía en aquellas tablas tiesas que no era más que un museo de derrotas colgadas en las paredes, que no era más que un espejo duro y paternal…

En las noches, escuchaba el rugido del leviatán alimentarse con sus martilleos y taladros mecánicos, cada vez más cerca, acechando caóticamente cada cuadra, cada esquina. Cuando el hombre lograba mantenerse en pie y se ergio frente a la ventana empañada, veía la estructura próxima de concreto desbordarse bestialmente hacia los lados, derribando la ciudad a su paso monstruoso, en su torre más alta el logotipo: dos círculos negros, torvos, que observaban al marinero como en una visión lóbrega. No tardo la criatura en llegar al frente del local donde dormía Maximiliano, ya era entonces cuando su situación se había agravado, tuvo que vender lo poco que le quedaba, vender el local astilla por astilla, metro por metro, luego, demolido por la bola de acero inclemente quebrar paredes con la facilidad con la que se tensa el lago ante la piedra que cae. Cuando fue a cancelar el dinero de lo vendido (la miserable cantidad basta decir) reconoció entre los vidrios de una oficina dos caras conocidas, la del juez que insto su proceso y la del ladrón; el hombre de pies ligeros, dándose la mano, tomando al te, procediendo en carcajadas. Esa noche se guardo sus rencores y se paso la queda en uno de los hoteles construidos también por el banco, como todo en las treinta cuadras a la redonda: la noche se le desdoblo, durmió con la televisión encendida, y partió en la mañana porque sabría que no volvería. Paso a casa del niño, bien temprano cuando la madre aun dormía y dejo el dinero bajo la puerta en un viejo sobre amarillo  y con hongos. Se encamino al puerto, arrastrando la atarraya con la esperanza de nunca volverse a topar con las noches amargas y las criaturas imposibles, esperando estar cansado para dormir mientras el mar rumia. El hombre partió, como dije, para no volver, con su figura pelada, monda, sarrosa.  Pero ya era tarde, el leviatán ya había llegado también al mar, y escarmentándolo, hundió en el pescador sus dos ojos, negros, circulares, protervo.

 

Aparecido por primera vez en 2015, Cumana, El laberinto de las Puertas de Marfil, aun inedito.

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