Caída del Hombre, pecado original y expulsión del Paraíso, 1509

"¡Oh!, ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado por segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la Tierra! Si nuestros primeros padres hubieran estado prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizá de sus mortíferas asechanzas; no así ahora, que encendido en furia, comenzando por tentar al Hombre para después acusarlo, baja Satanás por vez primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que sostuvo y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la siente hervir en su malvado pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; se subleva en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí lleva el infierno. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; el amargo recuerdo de lo que fue despierta en él, y ve lo que es ahora y lo que será cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan alegre se le manifiesta; a veces en el cielo y en la esplendidez del sol, que brilla entonces con toda la esplendidez del mediodía; y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando: ¡Oh, tú, que coronado de suprema gloria, contemplas igual que Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio; tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz halagadora, pues si pronuncio tu nombre, ¡oh, Sol, es para decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y ¿qué tanto, cuando me traen a la memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Me perdieron el orgullo y la más perversa ambición, al hacer en el cielo la guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah!, ¿por qué fui tan insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud, que tan justa era?" -Milton, El Paraiso Perdido

“¡Oh!, ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado por segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la Tierra! Si nuestros primeros padres hubieran estado prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizá de sus mortíferas asechanzas; no así ahora, que encendido en furia, comenzando por tentar al Hombre para después acusarlo, baja Satanás por vez primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que sostuvo y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la siente hervir en su malvado pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; se subleva en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí lleva el infierno. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; el amargo recuerdo de lo que fue despierta en él, y ve lo que es ahora y lo que será cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan alegre se le manifiesta; a veces en el cielo y en la esplendidez del sol, que brilla entonces con toda la esplendidez del mediodía; y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando:

¡Oh, tú, que coronado de suprema gloria, contemplas igual que Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio; tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz halagadora, pues si pronuncio tu nombre, ¡oh, Sol, es para decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y ¿qué tanto, cuando me traen a la memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Me perdieron el orgullo y la más perversa ambición, al hacer en el cielo la guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah!, ¿por qué fui tan insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud, que tan justa era?”- Milton, El Paraiso Perdido

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